In indidibidingui III: La Maldición de los Drelta

Ya que el Arte no había clarificado qué Drelta era superior a los demás, los hijos de Melkart pasaron a la Competición de la Fuerza. Es lógico: Cuesta mucho más rebatir un argumento en contra si previamente te han cruzado tu inmortal cara.

Cuando los Drelta propusieron a su Padre realizar un torneo para comprobar su Fuerza, se horrorizó al pensar en la poca Nada que quedaría si todos sus hijos combatían en el mismo Vacío. Por su omnipotente mente pasaron fogonazos de agujeros negros chocando, galaxias explotando, supernovas implosionando… Alguien tendría que recoger todo eso después, y por ahí Melkart, el Único, el Todopoderoso, no iba a pasar.

Así fue como se le ocurrió lo que después los juglares denominaron «La Maldición de los Drelta«: Accedió a que sus hijos se batieran en poderosos duelos de Fuerza, pero dentro de los confines de Melkartia y con las leyes físicas y terrenales que allí se habían establecido. Y omitió una pequeña cláusula que añadió por primera vez en este universo: Las limitaciones.

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In indidibidingui II: El baile de los Drelta

Flotar en la Nada suele ser aburrido. Y el aburrimiento suele ser un gen hereditario, incluso en los dioses.

Melkart pudo comprobar en sus onmipotentes carnes lo que comúnmente se denominó con posterioridad «crisis de paternidad». Acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo comprobó, horrorizado y orgulloso al mismo tiempo, que los Drelta tenían aspiraciones mayores a las suyas.

Los primeros hijos de Melkart se dividieron en tres facciones:

Símbolo de los Aloms
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In indidibidingui (En un principio)

En un principio, sólo existía El Único. Algo lógico, teniendo en cuenta las pretensiones de ese nombre.

En la inmensa vastedad del Universo, El Único yacía flotando en la más absoluta Nada. Desde que tenía conocimiento de sí mismo, había comprobado el alcance de su Poder que, obviamente, era ilimitado teniendo en cuenta que nada más se interponía.

Durante eones había creado mundos imposibles, infiernos aterradores, maravillas innumerables… O eso nos imaginamos, ya que no había nadie más para corroborarlo. Pero tarde o temprano, el hartazgo se apoderaba de él, y reducía sus creaciones de vuelta a la Nada.

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