Ya que el Arte no había clarificado qué Drelta era superior a los demás, los hijos de Melkart pasaron a la Competición de la Fuerza. Es lógico: Cuesta mucho más rebatir un argumento en contra si previamente te han cruzado tu inmortal cara.
Cuando los Drelta propusieron a su Padre realizar un torneo para comprobar su Fuerza, se horrorizó al pensar en la poca Nada que quedaría si todos sus hijos combatían en el mismo Vacío. Por su omnipotente mente pasaron fogonazos de agujeros negros chocando, galaxias explotando, supernovas implosionando… Alguien tendría que recoger todo eso después, y por ahí Melkart, el Único, el Todopoderoso, no iba a pasar.
Así fue como se le ocurrió lo que después los juglares denominaron «La Maldición de los Drelta«: Accedió a que sus hijos se batieran en poderosos duelos de Fuerza, pero dentro de los confines de Melkartia y con las leyes físicas y terrenales que allí se habían establecido. Y omitió una pequeña cláusula que añadió por primera vez en este universo: Las limitaciones.
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