En un principio, sólo existía El Único. Algo lógico, teniendo en cuenta las pretensiones de ese nombre.
En la inmensa vastedad del Universo, El Único yacía flotando en la más absoluta Nada. Desde que tenía conocimiento de sí mismo, había comprobado el alcance de su Poder que, obviamente, era ilimitado teniendo en cuenta que nada más se interponía.
Durante eones había creado mundos imposibles, infiernos aterradores, maravillas innumerables… O eso nos imaginamos, ya que no había nadie más para corroborarlo. Pero tarde o temprano, el hartazgo se apoderaba de él, y reducía sus creaciones de vuelta a la Nada.
Entonces, se le ocurrió que quizá estaría bien no estar solo. Quizá necesitara compañía con la que comparar puntos de vista, conocer nuevas e imaginativas formas de pensar, escindir sus poderes y delegar funciones de creación y destrucción de mundos… Pero sobre todo, necesitaba a alguien para cogerle del hombro y comentar: «¿Ves? Mira qué bonito esto que he creado» o «Antes, todo esto era Nada«.
Sí, hasta los dioses primigenios pecan de ego. Y Melkart no iba a ser menos.
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De esta manera llegaron los Drelta, criaturas nacidas del pensamiento de Melkart. Cada uno de ellos contenía un solo poder, elemental e infinito, heredado directamente de El Único. Muy pronto comprendieron que, sin embargo, disponían de pensamientos propios, diferentes al del resto de sus hermanos. Y muy pronto comprendió Melkart que jamás volvería a estar solo, y que la voluntad de los Drelta era en verdad indómita e incontrolable.
En cualquier momento, un único chasquido de sus insondables dedos podría llevarlos de nuevo a la Nada pero, de momento, se contiene. Le puede más la curiosidad de lo que está por llegar.
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Qué honor poder estrenar estos comentarios y expresar mi alegría por ver cómo evoluciona esto poco a poco desde los inicios de lo tiempos.
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