Los niños nacidos en las guerras suelen ser, aunque sea por
simple estadística, hombres de paz. Esta es la historia de uno de ellos.
Relato dedicado a Julio Molina (@juliolxxix), basado en su intento de unificar el poder de los aloms para convertirlos en ganadores de esta contienda.
1800 años después del primer descenso de los drelta al disco planetario para su particular Torneo de la Fuerza, Melkart decidió añadir un componente bélico adicional con la creación de sus hijos amarillos (llamados euses), dando comienzo a la I Guerra Imperecedera.
El Destino fue cruel con los hijos rojos de Melkart, los aloms, ya que se vieron rodeados de euses y libos, superiores a ellos cortesía de la Maldición de los Drelta. Fue la primera facción en caer, pero hoy hablaremos de uno de los mayores logros que consiguieron, no de su caída.
Al tratarse de una guerra, las razas creadas por los drelta estaban destinadas al combate. Más o menos acertados, estos ejércitos servían a la deidad que les había creado hasta su aniquilación, y en cada intento se iban sofisticando hasta convertirse en seres con relativa inteligencia e imaginativas formas de pensar, lo que recrudeció la guerra y la dotó de una estrategia que hasta sorprendió a Melkart, el Único, que observaba desde la Nada.
Fenalm era consciente de que le quedaba poco tiempo, así que ideó una nueva raza para intentar doblegar el incesante poder de Kupn, cuya ventaja a causa de la Maldición se antojaba insalvable. Tal y como hiciera en el Baile de la creación de Melkartia, comenzó a martillear la tierra con sus poderosos pies hasta formar un enorme valle de fuego, y las rocas que salían despedidas en el proceso se fueron deshaciendo por el calor hasta formar unas criaturas aladas que posteriormente se denominaron los lairpems.
Fruto de la roca y la lava, sus negras cabezas acaban en ardientes llamas que cambiaban de tonalidad e intensidad según su estado de ánimo. Disponían de una velocidad jamás vista en Melkartia, y su pico era capaz de atravesar montañas enteras cuando adquirían esa rapidez mortífera que les dotaban sus negras alas.
Su líder, Anilom, pronto comprendió que Fenalm no ganaría esa batalla solo, por lo que intentó pedir colaboración al resto de los hijos rojos de Melkart, los aloms. Esquivando la gran avalancha marina que mantenía sitiado el radio de acción de Fenalm, voló a pedir auxilio a Agnot, el hermano rojo más cercano.
Pronto descubrió que, pese a su rapidez, había llegado demasiado tarde: La fortaleza de Agnot, un enorme volcán situado en el centro mismo del continente, se había visto sorprendido por un ciclón gigantesco, convirtiendo la fortaleza en ruinas de humo y roca. Llegó justo para comprobar cómo Opp, desde el mismo centro del huracán, se lanzaba en picado hacia su hermano desde los aires hasta el mismo confín del disco, atravesando tierra, roca y fuego.
La Maldición de los Drelta se había cobrado su primera víctima. El espíritu de Agnot, desprovisto de su corporeidad, volvió a los recintos de Melkart. No sería él el ganador de la I Guerra Imperecedera.
Anilom enloqueció, puesto que su creador se encontraba
también bajo el influjo de la Maldición, y voló para intentar auxiliar al alom
más cercano. No le costó encontrarlo.
Desde lejos, la contienda entre Egrea y Noteg se asemejaba a una gigantesca montaña abriéndose paso sobre una colosal tormenta. Egrea usaba todo su poder euse, lanzando una lluvia de dorados relámpagos sobre Noteg, el cual lanzaba a través de sus hombros enormes cantidades de lava y roca mostrando así la grandeza de la estirpe alom.
Desde la superficie, el espectáculo que brindaban los hermanos era ensordecedor. Una lluvia de rayos y cascotes de lava convertían la superficie rocosa profundas hendiduras de tierra sin fin, ya que podía verse la Nada a través de esas grietas. Pero Anilom no cesó en su empeño, y aprovechó una tregua causada por un certero golpe de Noteg que envió a Egrea a una distancia considerable para intermediar con él.
Pero el desdichado Anilom no contaba con el espíritu indomable de los aloms. Noteg no quiso saber nada sobre una posible unión entre los de su misma facción, ya que el fuego de su propia batalla cegaba su raciocinio. Sin embargo, Anilom pudo notar la lástima que arrastraba las palabras de esta deidad, como si supiera a ciencia cierta que su decisión sería el fin de los suyos.
Sólo quedaba Assal, al otro lado del continente.
La última deidad roja se encontraba tendida a lo largo de una planicie, y desde el cielo se asemejaba a una imponente cordillera. Cuando Anilom empezó a hablar, Assal le interrumpió.
“Ya es tarde, fruto de Fenalm. El agua ha acabado con dos de nosotros, y al otro le ha cegado tanto el rayo amarillo como su propio ego. A mí ya no me queda fuego, y muy pronto regresaré con ellos a las Estancias de Melkart. Sin embargo, tu Destino es diferente al nuestro. Vivirás para encontrar la conciliación que durante tanto tiempo has deseado, y tu descendencia disfrutará de las semillas que has plantado durante este largo camino. Ahora, he de partir”.
Esas fueron las últimas palabras de los aloms en la I Guerra Imperecedera, ya que Assal, la última de los hijos rojos de Melkart y la primera en bailar delante de todos los hermanos en la Primera Batalla, se enfrió poco a poco hasta fundirse con el disco.
Además, el gesto de Anilom, el primer conciliador, quizá sirvió para salvar a su creador Fenalm. Pero eso forma parte de otra historia…